Introducción
Vida de perro es una serie de cuentos que honra la memoria y la sabiduría de aquellos seres de cuatro patas que ya trascendieron. Cada historia es un testimonio de amor, un puente entre mundos y una celebración de todo lo que aprendí a su lado. Son historias sobre cómo el amor incondicional sana, cómo la pérdida nos transforma, y cómo la presencia de un animal puede cambiar para siempre nuestra forma de habitar el mundo.
Si estás leyendo estos cuentos, es porque has decidido apoyar, con tu donación, el sueño colectivo de la Fundación CanCan Callejero. Esta es mi forma de agradecerte: alimentando tu alma con historias reales para hacer vibrar tu corazón, mientras juntos cambiamos la historia de cientos de perros y gatos vulnerables en nuestro país a través del amor.
Te doy la bienvenida a mi vida de perro.
"Hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida"
El preludio de una vida de perro
Todos los días despierto con el susurro de los pájaros. Su canto sutil se cuela entre las paredes y me invita a regresar al mundo. La luz del amanecer se filtra a través de las cortinas blancas, pintando mi habitación con un amarillo suave, cálido, casi maternal. Sé que, llueva o brille el sol, hoy será un día perfecto, porque me he propuesto desentrañar la historia que llevo dentro, esa que se entrelaza con cada animal que ha vivido conmigo a lo largo de los años. Quiero volver a sus detalles, a las experiencias que los definieron y que, en su simplicidad, terminaron por definir también quién soy. Te invito a cerrar los ojos un instante y sumergirte en estos recuerdos conmigo, a sentir lo que yo sentí. Quiero que descubras que el amor interespecies es un vínculo profundo, inexplicable, y a la vez real y trascendente. Y así, seguramente, a través de estos relatos, puedas comprender por qué esta serie de cuentos se llama Vida de Perro.
"Cuéntame y olvido. Enséñame y recuerdo. Involúcrame y aprendo"
No recuerdo cuál fue el primer animal que toqué en mi vida, ni lo que sentí al hacerlo. Pero sí recuerdo al primero que me regalaron. De Don Atello, me vienen a la memoria la textura de su caparazón, los colores vibrantes y los relieves pronunciados que lo convertían, ante mis ojos, en la tortuga más bonita que existía. Recuerdo sus patitas delanteras, con piel gruesa y escamosa, y sus pequeñas garras que usaba perfectamente para alimentarse. En contraste, sus patas traseras eran tan distintas: la piel delgada y arrugada, las formas gruesas y cilíndricas que me hacían imaginar las patas de un elefante encogidas mil veces y metidas en el caparazón de una tortuga. Todavía puedo sentir su piel en mis manos; aún conservo vívidos los recuerdos de sus formas, las texturas de cada parte de su cuerpo, sus movimientos, sus soniditos y hasta su olor. Pero también recuerdo la sensación de su vida difícil, arrancada de su entorno, su soledad y esa letargia que yo relacionaba con una tristeza profunda.
Años después, el destino me regaló un ratón. Uno de los "bonitos", de esos que la sociedad acepta, exhibe, vende y regala a los niños. Y ahí estaba yo, con un hámster en las manos, que al final de cuentas no dejaba de ser un ratón, pero con otro color. Su pelo era como un manojo de nubes diminutas flotando entre mis dedos, y me reveló que prefería la textura de los animales peludos. Ese pelo suave y cálido, la sensación de terciopelo en mi piel, era un recordatorio de ternura, de consuelo, de cercanía, de amor. Sentir sus patitas minúsculas corriendo por mis manos, trepando rápidamente por mis brazos y enredándose en mi cabello fue una experiencia nueva, que despertó mi instinto de protección hacia un ser tan pequeño, escurridizo y frágil, cuya vida podía extinguirse con un simple apretón. Ese ratoncito se convirtió en mi tesoro, uno para contemplar, acariciar y proteger, aunque nunca comprendí del todo nuestra relación o mi misión en su vida.
Con cada pequeña pérdida, algo se transformaba en mí. Después de la aventura agridulce de tener una tortuga y dos hámsteres, y luego sentirme el verdugo de sus vidas, comprendí que la ignorancia no es inocente: también con ella se puede herir, ser egoísta y dañar la integridad de otro ser mientras uno se esconde detrás de no saber. Nadie me había mostrado cómo respetar el hábitat natural de un animal según su especie; eso me lo dio la vida misma, y ahí reconocí el valor intrínseco de esos pequeños seres.
Entendí entonces que la vida me estaba enseñando a amar de una manera diferente. Tal vez yo había nacido con esa capacidad, pero lo que realmente necesitaba aprender era a cuidar, porque de eso sí partí de cero. Ya conocía la perspectiva de ser cuidada, pero mis pequeños animales trajeron consigo nuevas responsabilidades y una conciencia que fue llegando con el tiempo hasta definir quién soy. En ese momento la vida me iba formando para vivir, asumir un papel, cuidar, amar y soltar. Y desde ahí llegó también mi primer acercamiento a la muerte: me senté a su lado y me tomé un té con ella sin sufrir un ataque de pánico, sin destruir mi corazón en mil pedazos, y la enfrenté como parte natural e inevitable de la vida, el vínculo, el cuidado y el amor.
No recuerdo desde cuándo me obsesioné con la idea de tener un perro para compartir mi vida, como si pudiera llegar a ser un mejor amigo o un mejor hermano. Estoy segura de que fue antes de Don Atello, y casi puedo afirmar que mientras tocaba su caparazón y me maravillaba con sus formas tan extrañas, imaginaba a ese perro grande, amigable, fortachón, saltarín, testarudo y tierno corriendo por el enorme pasillo de la casa al escuchar el pito del transporte escolar. Lo imaginaba lanzarse sobre mí, derribarme, lamerme la cara y revivir su felicidad justo en cada momento de verme regresar del colegio.
Hasta ese día, tener un perro no fue posible en mi niñez debido a las enfermedades que compartía con mi hermana. Según la medicina, debíamos mantenernos alejadas de los pelos, el polvo y otras tantas cosas. Yo me perdí de todo eso y, aunque a veces sentía frustración y soledad, nunca perdí la esperanza, porque sabía con certeza que algún día llegaría.
El ritual se repetía cada año: —Carito, ¿qué quieres de cumpleaños? —Un perro.
Ese año, recibí un walkman como regalo de cumpleaños, y quizás salté de alegría porque la música siempre ha sido una de mis pasiones. Y no era cualquier walkman; era El Señor Walkman, uno de esos lujos raros que podías presumir con tus compañeros y sentirte el centro del universo por un día.
Años después, la pregunta volvía a llegar: —Carito, ¿qué quieres de aguinaldo? —Un perro.
Esta vez, la caja no parecía contener un perro, pero la abrí con la misma emoción de una niña que nunca pierde su capacidad de sorprenderse. Al destaparla, encontré un discman, un aparatito revolucionario que desplazó al walkman y me transportó por otros mundos imaginarios, una nueva experiencia de sonido envolvente y horas y horas de diversión en soledad. Hasta que un día me lo robaron en el colegio, arrebatándome ese pedacito de felicidad, de seguridad y hasta de autoestima.
Y así pasaron varios años, recibiendo regalos estupendos de mis padres, destapando cajas y esperando lo inimaginable, pero nunca el único regalo que deseaba de corazón.
Y entonces, cuando menos lo esperaba, el universo conspiró a mi favor. Como si ya estuviera escrito en el libro sagrado de mi destino, llegó la musa. Se posó sobre mis manos como una respuesta a todos mis años de espera: ¡Un Perro! de carne, hueso y corazón.
Y con ella, comenzaría a entender qué significa realmente tener una vida de perro.
¿Por qué aguardas con impaciencia las cosas? Si son inútiles para tu vida, inútil es también aguardarlas. Si son necesarias, ellas vendrán y vendrán a tiempo"
Por: Carolina Múnera
Este cuento es un regalo para quienes sostienen la Fundación CanCan Callejero cada mes.
Pero las historias son como los perros: más felices cuando corren libres. Si te gustó, déjala correr. Y si te llegó de alguien cercano y quieres que haya más historias con final feliz, puedes sumarte al Club CanCan aquí.
Los protagonistas de esta historia no saben leer, pero a nosotros nos llena el corazón leerte a ti. Cuéntanos abajo qué te dejó este cuento.